Masculinidad tóxica…

Me resulta curioso ver cómo, aquel mandato de masculinidad tóxica que hace algunos años sentí como mi problema mayor, ese que me impedía ser la mejor versión de mi misma, ahora esté en boca de todos. Hasta el punto que la Asociación Americana de Psicología, desde EEUU, ha hecho un informe al respecto donde propone diez puntos para evitarla en la educación, o Gillette mismo se hace viral con su anuncio sobre este tema, entre otros muchos ejemplos de cómo está en boca de todes.

Es por ello que ahora descubro que, pareciéndome raro en aquel momento mi sentimiento de llevar una “capa de masculinidad” que ahogaba mi dulzura, mi bondad, mi ser más cariñosa; es algo que llevan como lastre todos los hombres (y no pocas mujeres) implícito, grabado a fuego, en sus roles de género.

Una capa de masculinidad que te obliga a parecer, independientemente de que lo seas o no, la persona más competitiva, la más fría, la más triunfadora, la más fuerte… en definitiva, la que siempre gana sin importarte los daños colaterales que ello conlleve. Un mandato de masculinidad que mata a mujeres, a niños y a no pocos hombres también, que es la base de todos los conflictos bélicos de este mundo.

Fue esa sensación de ahogo por tener que ser quien no era, la que, seguramente, me arrastró hacia un tránsito de género que no era tanto, en un principio, de lo masculino a lo femenino, con el concepto binario que esa idea comporta; Si no de lo artificial y autoimpuesto, por una educación errónea, hacia lo más auténtico y real que sentía en mi interior. Todo comenzó como un tránsito de lo tóxico y artificial, a lo saludable y natural… de ser esa persona competitiva y voraz a ser esa versión de mi misma más dulce y cariñosa, más buena.

Naturalmente, por entorno cultural y por qué la gente estamos educadas como estamos, a lo primero podríamos llamarle masculinidad y a lo segundo feminidad. Aunque yo también deteste esta acepción binaria de los roles de género, pero ahí está. Mi tránsito de género, al igual que el de muchas mujeres Trans, no está siendo más que eso: La búsqueda de una mejor versión de mi misma.

Por mis cojones!

Lo que sucede es que, cuando tú pretendes sacar tu parte más dulce, cariñosa, buena, la gente lo etiqueta como “feminidad” y, naturalmente, la tendencia que tenemos es a no desencajar del conjunto (o al menos hacerlo lo menos posible). Lo cual nos lleva, irremediablemente a “feminizar” también nuestro aspecto, para ponerlo en sintonía con nuestra actitud para con el entorno… a no ser que uno quiera ser tachado de “poco hombre”. Es algo que nos sucede sin darnos ni cuenta.

Esa presión del entorno por ser “leída” como lo que sientes ser, y ese querer evitar la burla o el desprecio de no ser aquello que “leen” los demás que eres, es lo que lleva a muchas mujeres trans a buscar el deseado “CISpassing” (parecer una mujer). Acabamos siendo víctimas del sistema de roles de género. Las víctimas más terriblemente enganchadas a su propia transfobia interiorizada. (Yo he oído a una chica transexual negar, hasta enfadarse de verdad, el ser Trans; Asegurando que ella, como ya se había hecho la reasignación de sexo (vaginoplastia), ya no era Trans si no “una mujer de verdad”. Sig!)

En resumen, sin esa “capa de masculinidad tóxica” que nos obliga a “dar la talla” como supremacistas dominantes, posiblemente la transición de género no sería tan traumática. Dado que “perder” los privilegios de ser el “macho alfa” no parecería, a ojos de la sociedad que nos envuelve y dictamina nuestra forma de pensar, un desprecio a los roles de la especie.

Hemos de normalizar el hecho de que, no querer ser “el mejor”, también es lícito. Y eso pasa por dejar de encumbrar esa masculinidad tóxica.

Silvia Sicore